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Por mucho que yo procure mantenerme galana, me llevo un sobresalto un día sí y el otro también a causa de mis hechuras.
Nunca he sido una chica guapa, aunque sí bien querida, y las parejas que he tenido a lo largo de mi vida, han procurado mantenerme alejada de tan manifiesta verdad estética. Yo, sintiéndome más amada que alagada, siempre les he dejado opinar libremente a este respecto. Faltaría. La juventud, por lo demás, tapa casi todos los defectos.
Lo que me pasa ahora es que ya soy cincuentona, y los cincuenta años son para los cuerpos como una segunda adolescencia, pero a lo ancho y a lo bestia.
Una mañana te levantas de la cama y no tienes cintura. La buscas entre las sábanas por si un acaso pero no, no está ahí; no aparece por ningún lado. La muy ingrata, a quien has cuidado con esmero los últimos diez años, se ha fugado sin dejar señas.
Mis rizos, que de siempre fueron la admiración del mundo occidental, se empeñan ahora en estirarse como si de gatos tras la siesta se trataran. Mi cabello ha descendido desde el olimpo de la gitanería hasta la vulgaridad del ondulado.
A Dios pongo por testigo que mis ojos eran verdes. A día de hoy, su color se acerca más al marrón de las castañas que al glauco de las uvas.
Así son las cosas, y así están bien. Van con la lógica del paso de los años. Me parece de una frivolidad escandalosa preocuparse por ello cuando existen tantas cosas verdaderamente graves por las que llevarse las manos a la cabeza. Pero hay algo que parece insoslayable: el efecto que produce en los otros la edad de una. Mi hermana Manena, bastante más joven y guapa que yo, comienza a notarlo. Pues estás muy bien para la edad que tienes, le dicen:
Yo, modestamente, no he oído una grosería mayor en mi vida. ¿Qué significa? Que como eres una vieja... ¿estás bien como estás y no le puedes pedir nada más a la vida? ¿Que aparentas la peregrina edad que tienes, ni más ni menos? ¿Que para el cerro de años que has cumplido te conservas bien? No sé como la gente sigue hablando por hablar y sin darse cuenta de las tonterías que suelta, dice mi indignada Manena.
Y yo la miro y la veo tan guapa que vuelvo a pensar en mi cinturita perdida, en mis rizos extraviados y en mis verdes ojos deslucidos. La veo tan guapa que no me queda más remedio que darle más razón que a un santo de peana. Y se me quitan los sobresaltos mañaneros: yo soy lo que soy, y lo que los demás ven de mí, depende únicamente de su lamentable falta de experiencia verbal, sensual y vital.
Hay tanta belleza en el paso de los años que deberíamos acostumbrarnos a celebrar y saludar su inevitable y gozoso cumplimiento. Gente sin imaginación la habrá siempre. Esa es a la que los años respetan menos porque, teniendo cada vez más cosas que aprender y que contar, no se han movido jamás del lugar común en el que comenzaron a mirar a sus semejantes. Tienen menos mundo que Maranico el Corto.
La soberbia siempre puede a los ignorantes. Este tema de la edad es un mal menor en Europa, en dónde la expectativa de vida supera los ochenta años. Tener cincuenta años significa haber llegado a la mediana edad. En África sin embargo una mujer de cuarenta sólo puede esperar malvivir otro par de años más. Seguro que en su pueblo no hay ningún necio que le diga: Pues estás muy bien para la edad que tienes.
¡Qué ombligo tan grande posee el primer mundo, Marianico!
Cuando yo era pequeña, ya estaba prohibido fumar en el metro. Lo podías hacer en los andenes, pero no dentro de los vagones. Un cartel lo advertía: Prohibido fumar. Luego, ya que los madrileños somos muy dados a la picaresca, hubieron de corregir: Prohibido fumar o llevar el cigarrillo encendido. Peor el remedio que la enfermedad, ya que un pitillo apagado huele bastante peor que uno encendido, y aquellos vagones estaban llenos de hombres –las mujeres que fumaban en público eran malas- con sus cigarrillos a medio fumar y precipitadamente desbrasados, colgándoles lánguidamente de sus bocas entreabiertas. Bonita visión para una colegiala como yo...
A muchos hombres, sobre todo a los fumadores de puros, se les ha quedado pegada al cuerpo esa costumbre de llevar el cigarro apagado a medias dándoles vueltas entre los dientes. Así se reconoce a aquellos pioneros de la picaresca que decidieron plantar cara al revisor que les reconvenía, con un agudo razonamiento: Sí, llevo el cigarro encendido pero, ¿no ve que no me lo estoy fumando?
Provocaron toda una revolución que le salió cara al suburbano, ya que hubieron de rehacer todos los carteles admonitorios. Vieja lucha la de los fumadores en busca de sus derechos.
Y así como al viejo fumador revolucionario se le reconoce a la legua, pasa lo mismo con las mujeres que fuimos niñas en un colegio de monjas. Se nos reconoce por tres puntos fundamentales:
1. Siempre llevamos los zapatos bien lustrados
2. Sea cual sea el sexo de nuestro interlocutor, en algún momento de nuestra frase colocamos la palabra hija.
3. A las diapositivas las llamamos filminas.
Es muy difícil cambiar las costumbres o tratar de ocultarlas. El apego es el apego. Fíjense en mi alumna Alba, la divertidísima criatura que el curso pasado hizo el personaje de ardilla voladora de Murcia. Preguntada este año sobre lo que tenía pensado hacer, me dijo que ya no quería ser ardilla, ni murciana, ni de ningún otro lugar. Este año, me ha dicho, quiero ser un pollo bailón. Y ¿de dónde es ese pollo? se preguntarán Uds. al igual que me lo pregunté yo... Pues el pollo bailón de Alba es gallego. ¡Uhmmmm, qué rico el pollo de Galicia! añadió poniendo cara de éxtasis.
No sé si después de hacer el papel se comerá a si misma, pero con estos chicos todo es posible.
Cuando Alba se haga mayor, algo de todo esto se habrá quedado con ella para siempre. Será veterinaria, creará series de dibujos animados o se dedicará a manipular genes para crear subespecies animales. Es la fuerza de la costumbre. Ese pasado que conforma la sombra que ahora proyectamos, bajo el mismo sol que alumbraba y alumbra nuestras vidas.
No hay nada que me guste más en el mundo que las palabras. Habladas, escritas o leídas, son mucho más poderosas que nuestros propios actos. Cualquier tropelía puede ser tapada con una hábilmente verbalizada mentira. Por eso son tan peligrosas las palabras. A la gente que le gusta el poder, le gusta hablar.
Me llama mucho la atención la importancia vital que parecen tener para los electores, los debates entre los aspirantes a los puestos de poder dentro del gobierno de su país. ¿Es que acaso los creen? Luego viene, claro está, el rechinar de dientes.
Los hermanos mayores les aseguramos a los pequeños que si pasan por un campo repleto de ortigas sin respirar, no recibirán un sólo aguijonazo de tan luctuosa planta y, para su mal, nos creen.
Los hermanos pequeños nos certifican que si les llevamos con nosotros al lugar en dónde echamos nuestros primeros pitillitos, no lo contarán en casa y, para nuestro mal, les creemos.
Papá nos reserva un premio sorpresa si sacamos buenas notas. Luego sustituye la merced por un hermoso y corto discurso sobre lo imponentes que hemos de sentirnos habiendo cumplido con nuestra obligación. Nos mintió con lo del premio.
Mamá jura una y mil veces que no le ha echado pescado cocido a la ensaladilla rusa, y nosotros no podemos reprimir una arcada cada vez que el maldito trozo de pescadilla se regodea en nuestra lengua. Una mentira para que crezcamos.
Mentiras pequeñas, embustes de niños; trucos de padres para que nos hagamos mayores. Cosas del poder.
A mi el poder, oiga, es que no me gusta nada. He podido tenerlo en un par de ocasiones y lo he dejado marchar. Eso sí, hablo por los codos, como si fuera todopoderosa, pero en realidad encajo en el perfil de escritora menesterosa y charlatana. Dejo que sean las propias palabras las que ejerzan su poder sobre mí, sin la menor intención de engrandecerme a su costa.
Estos políticos que nos ha tocado sufrir se apoderan del lenguaje, lo torturan, lo atosigan, lo maltratan y lo matan de hambre y de sed. Lo estrangulan hasta que consiguen que saque la lengua y luego se la arrancan, se la ponen en sus boquitas de badulaques y tiran para delante. Y como ni siquiera son como nosotros, tampoco nos une a ellos ninguna relación familiar que nos incline a disculpar sus aranas.
¿Qué importa lo que digan ahora si luego mentirán sobre Iraq, sobre la burbuja inmobiliaria, sobre los militares muertos, sobre los golpes de estado, sobre el terrorismo, sobre el calentamiento global o sobre lo que acaba de pasar hace tres días? ¿Es tan importante lo que digan en esos debates si luego de lo dicho no hay nada?
Yo abogo por el suero de la verdad. Seguro que la Convención de Ginebra me pasará por alto el detalle.
En lugar de debates, sesiones vigiladas por galenos de reconocido prestigio y con un maletín bien provisto de suero lenguaraz. Ya verías tú como no se ponían tan gallitos. Bueno, lo más probable es que cogieran una rabieta y no quisieran asistir al debate de la sinceridad, y ahí le han dado porque, como diría Perogrullo, quien calla otorga.
¿Y la hipnosis? ¿La gota malaya, quizá? ¿Les emborrachamos como heliogábalos y luego los llevamos a la tele? Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, seguro que hay algo que les viene al pelo.
Luego, si alguien nos acusa de manipular a la opinión pública, contamos una mentira descomunal e inverosímil y nos vamos de rositas. Ellos lo hacen continuamente y les funciona.
Que todos llevamos a un niño dentro, es frase que se dice mucho ligando su sentido a la felicidad. Yo no me la creo. Yo creo que hay personas que jamás fueron niños porque no pudieron, no supieron o nadie les dejó la menor opción para experimentar la inocencia o la esperanza.
Recordarán que los vecinos de mi calle, y por lo tanto una servidora de Uds., estábamos sin iluminación nocturna. Bueno, pues ya han arreglado el problema de las farolas. Ha vuelto la contaminación lumínica, ha cesado la indignación popular, y mis amadas estrellas vuelven a parecer el pálido reflejo de un tívoli en el frontal de un cabaret...