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Para determinados asuntos, soy una mujer de las de antes. Por ejemplo: me fascinan las bibliotecas públicas. En mi casa hace tiempo que me enfrento a ese engorroso problema de tener más libros que estantes para contenerlos. Aún así puede que salga a comprarme unos pantalones de verano, ahora que estamos de rebajas, y lo más seguro es que no vuelva al hogar con los dichosos pantalones pero sí con dos o tres libros que no tenía pensado comprar, orgullosamente colocados bajo el brazo. A ese respecto es inútil hacer planes. Me pasa con los libros lo mismo que a Elliot con E.T.: Él vino a mí.
Escucho a los maravillosos Fairground Attraction mientras el mundo se derrite a mi alrededor y el termómetro parece pedirme un vasito de agua fría.
Una buena amiga, una de las personas más inteligentes, afectuosas y divertidas con las que tengo la suerte de compartir mi tiempo, me dijo hace unos días que, quizá, me pasan las cosas que me pasan porque tengo muy pocas tragaderas. Pues puede que sí, que sea estrecha de esófago, pero a mi me parece más bien que lo que me falta no son tragaderas sino entendederas.
Tengo poco seso para tantas cosas como necesito entender.
Por ejemplo: hay personas que tienen una extraña forma de vivir. Se cuidan. No beben, no fuman, no salen por la noche con sus amigotes, y se acuestan a la misma hora en la que el común de los españoles está empezando a cenar. Todo ello, me malicio yo, con una única finalidad: levantarse en forma y muy temprano para aprovechar bien el día y dedicarlo, casi en exclusividad, a lamentarse por tener que compartir tal día con el resto de nosotros.
Estás personas suelen ser de rencor apretado y profundo, de una antigüedad tal en su malquerencia que sus orígenes han quedado enquistados más allá de sus propios recuerdos.
La vida de los demás se convierte para ellos en una sucesión de absurdos incomprensibles. La vida de los otros se les antoja una bofetada en la cara dada por un payaso sin ninguna gracia. La ajena vida les pesa más de lo que la propia les pueda pesar jamás. No desean conocer nada, no quieren regalar nada, ni escuchar, ni ser realmente escuchados. Les basta con hablar y contemplar sus indisputables razones.
Politicuchos corruptos y pendencieros, capataces arrogantes y embusteros, artistas cobardes y envanecidos. Amas de casa que hacen el ridículo en la televisión; niñas que cantan coplas como si su marido las hubiera dejado por una querida pelandusca y supieran lo que se siente; una panda de memos haciendo un coloquio para hablar de otras personas tan lerdas como ellos. Cantantes que desafinan. Tomates que saben a agua y pan que se desmiga al morderlo.
África mil veces asolada. África mil veces muerta de hambre canina. África millones de veces sin derecho a sobrevivir.
Las muertes del Estrecho. Chernobil. Amazonia. Perú. Colombia. China y las olimpiadas.
El fin de mes al que no llega la gente… España. España y sus héroes de carrusel deportivo.
Al final, el rencor de los imbéciles es lo que menos me preocupa no entender.
Tanto mi amiga como yo decimos bien: tengo tan pocas tragaderas como menguada tengo la sesera.
Tras el estreno de los niños me fui a Mérida, a estrenar para los mayores. Así que, después del sobreesfuerzo que realicé tratando de llegar a la meta durante los meses de mayo y junio, caí en la cuenta de mis cincuenta años, y me postré sin opción en una especie de duermevela que fue más bien un duerme que un vela. Agotamiento puro y duro del que hube de rendir cuentas.
Pero ya estoy mucho mejor, gracias.
Así que les hablaré del estreno de los niños, ya que el estreno en el Festival de Mérida -vivido entre viejos amigos, reencuentros maravillosos y un trato a cuerpo de rey por parte de la organización- fue tan delicioso que aún lo estoy saboreando de forma muy personal.
Bueno, pues mis pequeños actores estuvieron de primera. Las EXTRAÑAS TRILLIZAS CANTARINAS hicieron una asamblea antes del debú y la sangre no llegó al río. Efectuaron –las tres- una breve pero impresionante versión de una canción que, a juzgar por cómo era coreada entre el público infantil, debe ser un hit entre los consumidores de cinco años; su título: El telefonito es una necesidad.
Los científicos demostraron que hay mil maneras inimaginables de exprimir un limón. La más celebrada fue la que presentó Diego, bajo su papel del científico MISTER JONES: no hay que darle vueltas al limón, sino al aparato exprimidor que colocamos bajo él. Si esta operación se realiza con sumo cuidado el limón queda perfectamente exprimido. Otra cosa es que queramos aprovechar su zumo, que no. No, porque la mayoría del jugo se queda en la manga de la bata. Pero se trataba de un experimento y ya se sabe que sin error no hay triunfo.
En cuanto a SUPERMAN, nos sorprendió a todos llegando vestido de Spiderman y asegurando, no obstante, ser realmente Superman. Así que Superman disfrazado de Spiderman se marcó un baile del Chiki Chiki, con el que sin duda alguna hubiéramos escalado algún puesto más en Eurovisión.
LA ARDILLA VOLADORA DE MURCIA nos contó su triste y extravagante historia de la barbacoa que la dejó sin bosque, obligándola a salir a recorrer mundo. Como era extranjera, en un momento dado se puso a hablar en su propio idioma, el ardivolamurciano, lo que desconcertó de forma evidente al público que se perdió en varios pasajes de su monólogo. Pero a esas alturas el respetable ya estaba entregado con nuestros actores y todo quedó perdonado a juzgar por la enorme ovación con la que fueron despedidos.
Y los mayores, ¡ay, que tíos! ¿Se acuerdan Uds. de AZUCAR MORENO en Eurovisión, cuando les falló la música y tuvieron que volver a empezar? Pues lo mismo nos pasó a nosotros. Llevábamos unos cinco o seis minutos de representación cuando en un momento fundamental –la entrada de los macarras- falló el sonido. Para arreglar el desaguisado hubo que interrumpir la representación durante diez minutos y volver a empezar. Cualquier actor curtido sobre las tablas se hubiera echado a llorar ante semejante catástrofe. Mis chicos no. Mis chicos, tras varias veces de gritarse a si mismos: “¡No pasa nada, no pasa nada! ¡Mierda, mucha mierda, mierda, mucha mierda!” (esta parte de la tradición teatral les encanta, ya que nadie les puede regañar por ser unos groseros), volvieron a empezar como si tal cosa y sin equivocarse ni en una coma. Siempre decimos los actores que cuando uno se lo pasa bien sobre el escenario es cuando transmite al espectador todo el arte que la función encierra. Y mis chicos se lo pasaron bomba. Se les notaba. Disfrutaron y el público lo hizo con ellos. La función fue saludada con aplausos en muchos pasajes y con risas de forma casi continua.
Yo, claro está, me emocioné. Y es que, de verdad se lo digo a Uds., estuvieron soberbios. Actuaban de una forma consciente, concentrados para no “perder” el personaje, para ayudar al otro si se le iba la letra, pendientes en todo momento de las acciones escénicas y de entrar en los efectos musicales.
Una verdadera delicia.
Creo que la única diferencia entre estrenar en el Colegio Montelindo de Bustarviejo o en el Festival de Teatro de Mérida es que en el primer caso mi ego no existió por ninguna parte, y sólo estaba pendiente de que para mis chicos la experiencia fuera inolvidable; en el caso de Mérida, mi ego no pudo evitar estar pendiente de lo que dirían los periódicos en los días sucesivos.
En Bustarviejo no importan los días siguientes: toda la felicidad del estreno se concentrará para siempre en esas dos horas de festival extraescolar. En esas dos horas de pura felicidad y de auténtico triunfo.
Dentro de dos días estrenamos. Y, como el mundo de los mayores se parece extrañamente al de los chicos, hemos tenido la típica crisis que se tiene en las compañías teatrales justo antes de levantar el telón por primera vez.
Imagínense Uds. que se nos han ido dos actrices a una semana del estreno.
Me lo dijeron así, cómo quién no quiere la cosa, entre risas y nervios tontos. A mí, maldita la gracia que me hizo, claro está. Pero son niñas y no denuncie a ninguna a la magistratura del trabajo, tan sólo les dije que tenían que ser ellas mismas quienes lo comunicaran a sus compañeros.
Lo hicieron en voz baja y medio muertas de miedo. En realidad lo que les salvó la vida fue el amor que Álvaro siente por Sara. Mi querida niña tenía ya los ojos húmedos ante la noticia, cuando él la dijo: “Sara, ni se te ocurra llorar, que te conozco, y me pongo fatal”. Todos se volvieron entonces para mirar a Sara, lo que dio tiempo a las dos traidoras a salir huyendo hacía el polideportivo. Y menos mal, oigan.
No había pasado ni un segundo cuando todos gritaron: “¡A por ellas!” y salieron como almitas divinas que lleva el diablo de los niños. Yo les grité que ni se les ocurriera ponerles la mano encima, a lo que Lilia me contestó: ¡”No te preocupes, profe, si no vamos a pegarlas, solo queremos insultarlas!”.
No las encontraron. Ya no había ni rastro de ellas.
Los niños saben cual es su mundo y cómo guardarse de sus amenazas.
Lo que nuestras actrices huidas quebrantaron lo llaman la Ley del Recreo.
El caso es que no cundió el desánimo.
Yo les expliqué que en teatro hay una ley no escrita: pase lo que pase, siempre hay que le levantar el telón.
Así que empezamos a tirar de agenda. De la de los niños, claro está, porque los nombres de la mía seguro que querrían cobrar. Además, por muy bien que se conservarán mis actrices elegidas, y por muy Stanilavskianas que fueran, mal darían como alumnas preadolescentes del colegio de Bustarviejo.
Al final dimos con la solución: Andrea y Carol seguro que estarían encantadas de ayudarnos. Me gustaría que hubieran visto a Sara hablando con sus amigas y explicándolas el pastel. Gracias, Dios mío, por haberme hecho vegetariana.
Hoy hemos realizado el primer ensayo con “las nuevas” y ha ido muy bien. No les voy a engañar: sé que necesito un público bien dispuesto, pero también sé que lo voy a tener.
Y la única verdad de todo esto es que mis niños están formidables. Se han repuesto a un inconveniente de profesionales sin serlo, y sin derramar una sola lágrima. Han entendido lo que es la diversión y la responsabilidad a parte iguales. No han matado a nadie y siguen riéndose, sin poder evitarlo, en la misma parte de la obra: en aquella en la que tienen que hacer de bailarines macarras.
Estrenamos dentro de dos días y prometo vivir para contarlo. Seguro que va a merecer la pena.
Además, ¿qué se creen Uds.?… Los pequeños también han tenido su sorpresa de última hora. No les digo más que me parece que LAS EXTRAÑAS TRILLIZAS CANTARINAS van a debutar cómo LAS EXTRAÑAS GEMELAS CANTARINAS.
Ya les contaré, ya.
¡Mucha mierda para todos!, que se dice en nuestro oficio.